Me gusta viajar. El último año no he podido quedarme en un solo sitio. Todos los días tengo la necesidad de ir más lejos, de no detenerme y de llegar hasta donde el cuerpo me soporte. Si no lo hago, mi sangre comienza a sentirse espesa, la ansiedad se apodera de mi y convierte mi mundo en una gota de acido que cae incesantemente sobre mi cráneo... y sigue cayendo hasta que me muevo a un lugar que no conozco.
Se ha convertido en una clase de mal hábito, como morderse las uñas. Solo siento alivio cuando estoy parado viendo un edificio desconocido, escucho un acento que no reconozco, veo comida extravagante y siento un aire corriendo en otra dirección sobre mi pelo. Me gusta esa sensación de no conocer a nadie, de que nadie me conozca, de orientación insegura, de poder ser llevado por el aire. Cuando todo empieza a sentirse familiar, es hora de partir de nuevo. No soporto volver a tener un sentimiento de pertenencia.
Es un sentir que cada día voy convirtiendo más personal y más en persona. Por el camino se materializa a mi lado, me susurra ideas. Y de pronto me vuelvo celoso de que alguien me lo pueda quitar, no lo quiero compartir, somos solo este imaginario compañero de viaje y yo. Estoy terriblemente enamorado de mi soledad, al nivel que lo he materializado, sin él me siento vacío.
Y ya no se reconocer cuando he hecho bien o mal en irme o llegar, solo quiero moverme.
No me gusta viajar, me gusta huir.
